A una mujer

Es difícil plantarle cara a lo que damos y a lo que recibimos a cambio. Es duro decirle al ser que amas que ya es suficiente, que necesitas ser una persona amada y respetada, ante todo, que necesitas ser un ser humano.
Decir adiós es duro por el vértigo que se siente. Despertarte y ver el abismo ante tus pies, el no saber qué será de ti a partir de ahora y no encontrar la forma de enfrentarte a la nueva realidad. Es ahora cuando todo consejo parece más un acto de compasión que una salida. Los odiamos, les golpeamos, los escupimos y los arrojamos al abismo, junto con nuestra propia sombra.
El vacío, las ilusiones destrozadas y los recuerdos rotos... Parece un milagro sobrevivir a todo eso. Pero el dolor es una balsa. Aprender a distinguir entre sus marañas los tesoros que hemos conquistado y aferrarnos a ellos con los dientes, tragándonos todo ese oro que despierta nuestra propia luz. Abarcar todo lo bueno y dejar marchar todo aquéllo que nos produce dolor, dentro del mismo dolor, es la manera de salir adelante.
Escúchate, grita y llora, llora todo lo que tengas que llorar y que cada lágrima sea cada frustración y sueño destrozado, cada palabra hiriente y cada gesto de desprecio. Deja que todo lo que produce dolor se marche y sobre todo, déjale marchar.
Eres una mujer valiente y poderosa. Ahora ya sabes qué es lo que no quieres obtener de nadie y nunca más permitirás que ocurra. Eres fuerte e inteligente, por supuesto hermosa. Las flaquezas te hacen levantarte y mirar hacia delante. No te detendrás ahora que has llegado tan lejos y cuando las fuerzas te fallen no te faltará la voz para gritar NUNCA MÁS.